Es 22 de julio de 2026. Después de dos años de preparativos, inscripciones, búsquedas de alojamiento y algún que otro encaje de bolillos, por fin llega el momento de hacer las maletas y poner rumbo a Ávila. Nos espera el Encuentro Mundial de la Orden del Carmelo Descalzo Seglar (OCDS), una cita que reunirá a cerca de 900 participantes de unos 80 países.
Desde la Provincia de San Joaquín de
Navarra somos diez: siete laicos —cuatro de Pamplona, dos de Vitoria y uno de
Santander— y los padres Dámaso, asistente de Santander; Richard, delegado de la
OCDS en la Provincia, y nuestro padre Provincial, Jon Korta.
Salimos alrededor de las diez de la
mañana, pero antes hacemos una parada en Olza. Allí se incorpora al viaje una
hermana de la OCDS de Ecuador, familiar de una de las madres del convento. Ya
estamos todos. Josetxo se pone al volante y Ávila empieza a parecer cada vez
más cercana.
La ciudad nos espera, y también el
primer pequeño desafío: ¿cómo alojar a casi 900 personas? La solución pasa por
repartirnos entre distintos lugares. Unos en el CITeS, otros en las Carmelitas
Misioneras de Ávila y algunos en hoteles. Una pequeña muestra de lo que será el
encuentro: muchos lugares, muchas procedencias, una misma familia.
Por la tarde nos acreditamos en el
Palacio de Congresos Lienzo Norte de Ávila, escenario de los días que tenemos
por delante. La organización es impecable. Hay mostradores suficientes para
atender a los participantes según sus idiomas y, entre acreditaciones y
saludos, empieza ya el encuentro.
Después queda un poco de tiempo para
acercarnos a la ciudad. Intentamos retener la imagen de sus murallas, esas
piedras que parecen haber visto pasar siglos enteros. Pero Ávila será mucho más
que sus murallas.
La cena nos da el primer anticipo de
lo que está por venir. A nuestro alrededor se mezclan Portugal, Asia, Francia…
Hermanos que hasta entonces eran nombres lejanos nos cuentan de dónde vienen.
Todavía no lo sabemos, pero durante estos días muchos de ellos dejarán de ser
simplemente hermanos de la Orden para convertirse en rostros, voces y
recuerdos.
El día 23 comienza propiamente el
Encuentro. El lugar es un edificio moderno, funcional, pensado para acoger a
mucha gente y facilitar el propósito de quienes lo visitan. Y allí, entre
luces, salas y traducciones, comienza una experiencia difícil de resumir en
pocas palabras.
La apertura reúne a distintas
autoridades civiles y eclesiales. Para nosotros tienen especial significado las
palabras del padre General, Miguel Márquez, y del delegado de la OCDS en el
mundo, el padre Ramiro Casales, responsable, en buena medida, de que toda esta
familia carmelitana haya podido reunirse en Ávila.
Cada jornada tiene dos momentos que
marcan el ritmo: la Eucaristía, celebrada cada día en un idioma diferente, y la
oración de la noche. Una oración guiada al modo de Teresa, desde el silencio y
la hondura, que nos devuelve al final de cada jornada al lugar esencial.
Entre ambos momentos hay mucho que
escuchar y mucho que compartir.
Hermanos
seglares de Italia, Ecuador, Madagascar, Filipinas y Estados Unidos nos ayudan
a profundizar en nuestra identidad, en lo que significa pertenecer a la Orden y
en nuestro lugar dentro de la Iglesia y del mundo. No son discursos abstractos:
todos parten de nuestras Constituciones y aterrizan en la vida concreta, en ese
compromiso que cada uno ha asumido.
El padre General nos invita a
reflexionar sobre la identidad del Carmelita Seglar. Los padres Alzinir
Debastiani y Ramiro Casales abordan, respectivamente, la atención pastoral a la
OCDS y el camino que tenemos por delante.
Hay mucha letra, sí. Letra densa, de
esa que requiere atención y que después sigue dando vueltas en la cabeza. Pero
Teresa también sabía que sus hijas necesitaban recreo. Y nosotros no íbamos a
ser menos.
El viernes por la tarde llega la
“acción intercultural”. Filipinas, México y otros países nos enseñan pequeños
retazos de sus culturas. Hay música, bailes, gestos y ocurrencias. Y, como
suele ocurrir cuando la alegría es auténtica, las fronteras duran poco:
Bailamos todos.
También el padre General se suma a la
fiesta y nos enseña a expresar, sin palabras, la bendición irlandesa. Después
nos la regala a todos. Durante unos instantes no hace falta traducción alguna.
Y quizá ahí esté una de las claves
de estos días: descubrimos que hay muchas maneras de hablar y, sin embargo,
algunas cosas se entienden perfectamente sin palabras.
Hay otra cuestión que merece
capítulo propio: dar de comer a 900 personas a la vez.
Fuimos testigos de que es posible.
Aunque, en Ávila, hasta esto tuvo su historia.
El espacio previsto para las comidas
tuvo que utilizarse para acoger a personas que habían sido desalojadas de sus
casas debido al incendio que afectó a la provincia. Así que hubo que
reorganizarlo todo. Las mesas se trasladaron a los pasillos y, durante dos
días, comimos allí.
¿Problema? Sí.
¿Drama? Ninguno.
Todo funcionó. Quizá porque cuando
se tiene claro que lo importante es que todos estén atendidos, las soluciones
aparecen.
También hubo tiempo para una fiesta
de flamenco clásico en el CITeS: música, baile, cena y bebida. Otra oportunidad
para celebrar que, además de trabajar y reflexionar, una familia también sabe
disfrutar cuando se encuentra.
El domingo cada participante puede
elegir entre distintas excursiones. No son destinos escogidos al azar: Medina
del Campo y Fontiveros, Alba de Tormes, Segovia y Ávila nos llevan a lugares
profundamente vinculados al Carmelo y a sus santos.
Son caminos que ayudan a poner
paisaje a una historia que conocemos por los libros.
Y llega el momento de la despedida.
La Eucaristía final se celebra en la Catedral de Ávila, presidida por el
obispo, don Jesús Rico García, acompañado por numerosos sacerdotes de la
diócesis y religiosos carmelitas, junto al padre General de la Orden, Miguel
Márquez Calle.
Y allí sucede una de esas pequeñas
casualidades que uno prefiere llamar regalo.
De Malawi, dentro de nuestra
Provincia, han acudido tres hermanas. Durante el encuentro hemos podido
saludarlas, pero en la Catedral conseguimos estar cerca de una de ellas,
Atusaye. Entre cientos de personas, justo allí.
Le damos gracias a Dios por esa
casualidad y le pedimos que la bendiga, como a todos nuestros hermanos. Porque
algunos están cerca y otros muy lejos; algunos los conocemos desde hace años y
otros apenas acabamos de ponerles nombre. Pero hay algo que nos une y que no
necesita traducción: hablamos el mismo lenguaje espiritual.
El lunes toca regresar. Cada uno a
su lugar de origen. Volvemos con muchas imágenes en la retina: las murallas de
Ávila, las celebraciones, las conversaciones, los bailes, los pasillos
convertidos en comedor, las caras de tantos hermanos.
Me preguntaron cuáles eran mis
sensaciones después del Encuentro y me pidieron que las resumiera en dos
palabras.
La primera es rostros.
Sabía que tenía hermanos en todo el
mundo, pero después de estos días les he puesto rostro. He podido conocer la
riqueza que representa nuestra diversidad de culturas, de maneras de vivir y de
afrontar las dificultades.
La segunda es alegría.
La alegría de descubrir que, aun
viniendo de lugares tan distintos, compartimos una misma melodía espiritual.
Durante estos días mis hermanos han
puesto en común problemas, riquezas, experiencias y soluciones para afrontar el
día a día de nuestras comunidades. Como responsable de la OCDS de San Joaquín
de Navarra, regreso con la mochila cargada de ideas y, sobre todo, de deseos.
Deseos que ahora toca convertir en realidad para ayudar a nuestras comunidades
a avanzar.
Quizá
esa sea la mejor manera de medir lo que ha ocurrido en Ávila. No solo por lo
vivido allí, sino por lo que llevamos de vuelta.
Nos fuimos diez desde Navarra y
regresamos sabiendo que somos parte de algo mucho más grande. Una familia que
habla muchos idiomas, que tiene acentos diferentes, que baila de maneras
distintas y que vive en lugares separados por miles de kilómetros. Pero que,
cuando se reúne, descubre que la melodía es la misma.
Gracias a la Orden. Gracias al padre
Ramiro. Gracias a todos los que hicieron posible este encuentro y a todos los
que tuvimos la suerte de vivirlo. Gracias a nuestros hermanos de la Provincia
de San Joaquín de Navarra y, de manera especial, a nuestro padre Provincial por
acompañarnos. Gracias a todos esos
hermanos que, hasta hace unos días, eran desconocidos y que ahora ya tienen un
rostro, una voz y un lugar en nuestra memoria. Ávila se queda atrás. Las
murallas también. Pero lo que hemos vivido viaja con nosotros.
Amparo Esparza Irigoyen.
Presidenta Consejo Provincial Ocds San Joaquín de Navarra